jueves, 18 de agosto de 2016

BCN, la maldición olímpica

Problemas para una súper alcaldesa

Problemas para una (súper) alcaldesa 


Ya nadie se acuerda de aquella ciudad sucia que daba cobijo a la VI Flota americana, cuyos marineros rubios como la cerveza arrasaban en su desembarco un barrio que se llamaba El Chino y ahora púdicamente y del todo políticamente correcto, Raval. Nadie recuerda el Arco del Teatro y sus anises de madrugada, los periquitos de las Ramblas y los primeros travestís de la rancia España.

Pero llegó el año de todos los fastos, 1992, y la ciudad se puso manos a la obra para adecentarse, limpiarse de malas famas, realizar obras de infraestructuras y atraer el turismo, turismo, turismo.

Y lo hizo de la mano de un señor franquista hasta las cachas que había llevado con chulería el uniforme de Falange y ahora presidía el COI, con aire de senador romano . El triunfo fue apoteósico. 

Samaranch, el señor de los anillosTanto que llega hasta nuestros días en que el turismo invade la ciudad por tierra, -está cerca de una frontera-, mar -tiene un puerto que no da abasto con los cruceros-, y aire -merced a las compañías low cost que vomitan miles de turistas baratos al día-. 

Muchos barceloneses ya no bajan de la plaza de Catalunya hacia el mar, territorio vedado, trufado de carteristas, argentinos haciendo de estatuas vivientes, descuideros, manteros, celebrantes de despedidas de solteros y solteras, borrachuzos, botelloneros... y guiris, miles de guiris, en medio de una borrachera apoteósica de merchandising kitch.

Pero con las invasiones bárbaras llegaron los problemas: la invasión mantera de inmigrantes ilegales, los desembarcos salvajes de miles de cruceristas con síndrome de abstinencia, los pisos de la mal llamada economía colaborativa donde las grandes empresas multinacionales como AirBnB y Home Away hacen su agosto de la mano de propietarios que tienen decenas de pisos comprados a precio de ganga en el Raval, el Gotic y la Barceloneta y están echando a sus moradores genuinos.

Y en eso llegó Colau, la activista anti hipotecas que escaló desde su ONG hasta la alcaldía de la segunda ciudad ibérica. Y chocó directamente con los intereses turísticos del aluvión, implementó una moratoria hotelera, se enfrentó decididamente aunque sin recursos a los piseros "colaborativos" y sus cuarteles generales; plantó cara a los hosteleros terracistas y metió la pata con su permisividad frente a los vendedores ilegales que atrajo miles de manteros hasta inundar las calles del puerto.

Barcelona está en una encrucijada, pero al contrario que Madrid donde los Podemitas y su mascarón de proa, la alcaldesa Carmena tienen contados los días y se da por hecho que no repetirán, en Barcelona Colau y sus huestes, aunque sin mayoría ven crecer sus apoyos e influencia al margen de Iglesias y sus errores.
Una súper alcaldesa en apuros

España y Cataluña, estelada o no, tienen que replantearse el turismo barato e insostenible, un modelo que se tambalea en estos días con los 70 millones de extranjeros. Pero no lo va a tener fácil porque hay muchos intereses en juego, poderosas fuerzas que no están dispuestas a ceder un palmo y una razón que triunfa por encima de todas: el turismo supera ya el 11% del PIB y no tiene alternativa en el reparto económico que han hecho la Merkel y sus huestes germánicas. Un reto díficil para la super heroína anti desahucios. 

Pero una realidad, el desgaste y la depredación del turismo low cost, a la que tendrá que enfrentarse incluso el primo de Rajoy, ese que negaba el cambio climático. 

Porque como ha dicho recientemente la alcaldesa de Palma en funciones, Aurora Jhardy, hasta los propios turistas van a acabar hartos del turismo masivo. Y van a proliferar los numeros clausus para acceder a determinados sitios, por ejemplo la playa de las Catedrales, y las tasas turísticas, siendo Donosti la última en implantarla.

Pero la historia reciente de la ciudad deja una pregunta en el aire: ¿las Olimpiadas son a largo plazo positivas o negativas? Como diría un gallego, depende. Río 2016 se va a hundir como una piedra y Londres 2012 se traga casi cualquier cosa. Incluso el Brexit.