lunes, 23 de noviembre de 2015

Mi gran boda española

El negocio de las bodas y las lunas

El negocio de las bodas y las lunas


España ha sido un país de bodas y de lunas de miel en el extranjero. Primero fue Mallorca, luego Canarias, posteriormente República Dominicana, Bali y la tendencia final -por ahora- es Polinesia. Siempre islas, cada vez más lejos, con glamour prestado del cine, y  más caras conforme subía el nivel económico de los españoles.

No pocas agencias han vivido sobre todo de las bodas, perdón, de las lunas de miel. Son viajes que los interesados no pagan, en los que no se repara en gastos, a veces son los únicos viajes de los contrayentes y que desde hace algunos años se pueden "trocear" para que los invitados al magno evento puedan regalar alguna actividad extra no peligrosa como un masaje en el spa, una cena "romántica", unas botellas de champagne (no cava), una excursión que no sea de muchas "piedras"... incluso el billete de avión.

Convenía tener en la agencia alguna persona "especializada", normalmente mujer, -que nos perdonen las feministas, pero ahora se casan hasta las militantes de Femen, de blanco esplendoroso, escote recatado y misa en los Jerónimos-, que hubiera pasado ya por el trago, fuera un poco cursi y tuviera experiencia en estas lides aunque estuviera divorciada. Con unas cuantas bodas, algún mercadillo navideño, un puñado de cruceros de medio pelo, y algunos despistados que no saben qué hacer en verano, casi cubrían gastos. Bueno, antes de que pinchara la burbuja y cerraran la mitad de ellas, exactamente cinco mil.
La Boda del Monzón

Alguna agencia intentó realizar las propias ceremonias en el extranjero, tras pasar por el registro civil, casándose en países "exóticos" de baja intensidad y recatada tarifa aérea. 

El rito balinés aunque coqueto quedaba demasiado lejos para muchos de los invitados, y las bodas en Agra, a la poderosa  sombra del Taj Mahal no funcionaba. Era casi inevitable tropezar con algún pobre o con la lacerante miseria local por mucho que se blindasen los hoteles ultra lujosos del país, lo que acababa con el falso e impostado glamour y además, el look general del rito era un poco kitch, como el de La Boda del Monzón o peor aún, podría traer a la cabeza de los asistentes su única imagen de India, la de Slumdog Millionaire.

Las Vegas seguía siendo hortera y peligroso desde el punto de vista de ellas, que habían visto en Youtube la saga Resacón y Cancún se les hacía de pobretones tras los anuncios de Curro en la tele.

Pues ahora resulta que España se lanza a competir con Italia, según publica El País hoy,  en el negocio de importar bodas. Como siempre por razones económicas, con un euro devaluado y unas tarifas de risa en hotelería debidas a los bajísimos salarios y la precariedad, qué mejor argumento para luchar contra el mal del siglo del turismo, la estacionalidad, que el turismo de compras, el turismo médico, el turismo colaborativo, el gastronómico, el Imserso... o ¡¡inventar el turismo de bodas!!

En Canarias ya alquilan playas, -nuestro mejor argumento sigue siendo la arena-, ya que según la nueva Ley de Costas no solo es posible construir monstruos como Algarrobicos a la orillita del mar, sino también prometerse amor eterno. Hay que pagar una tasa modesta, no llega a los 100 euros, y depositar una fianza. El problema es que se exige que por lo menos uno de los contrayentes lleve dos años residiendo en España para poder casarse por lo civil. Una lástima porque el yacimiento de las bodas gay prometía.

Bodas en la playa

Pero hay un largo camino que recorrer. Italia nos lleva mucha ventaja, casi 400 millones de euros de ingresos por este concepto en 2013. Pero claro, casarse en Florencia o Venecia, en uno de sus palacios, en la galería Uffizi por ejemplo, que sale por unos 5000 euros, no es lo mismo que hacerlo en Marbella, por muy barato que sea el catering y la tonadillera... recién salida de la cárcel y haciendo bolos para recuperar el patrimonio. 

Puestos a ser un país de servicios, sobre todo de turismo barato, gracias al yihadismo entre otras razones, no dejemos un pelo de la demanda por cubrir. ¡Y abajo las tasas y otros inventos comunistas!