jueves, 13 de agosto de 2015

Ya no es primavera en El Corte Inglés

Malestar de los accionistas

Malestar de los accionistas por la venta a los árabes


El Corte Inglés siempre ha sido un remanso de discreción y ha sabido moverse bien entre dos o tres aguas, con los diferentes gobiernos y comunidades autónomas, incluso con la catalana, y con sus socios, la mayoría ligados por lazos de sangre.

Pero la muerte de Isidoro Álvarez y la asunción de su sobrino Dimas Gimeno de pasado reprochable que ha conseguido borrar de Google, gracias al derecho al olvido que fue falangista, ha revolucionado esas aguas.

Soportó muy mal la crisis y se arrepintió de muchas aperturas, algunas forzadas por los políticos y sus constructores de cabecera, como el de San Chinarro de Madrid, léase San Chinorri, por la cantidad de chinos que viven y tienen establecimientos en el barrio.

Tiene serios problemas con su siempre semi amaestrado personal sobre todo por abrir los domingos a precio de saldo (para el personal se entiende).

La agencia de viajes, la sección que más aporta al beneficio del grupo y la número uno del país, ha perdido algunos concursos e implants estratégicos y se debate entre sus innatas características analógicas y la necesidad imperiosa de ponerse de una vez on line, lo que choca con la filosofía del grupo. Y no puede soslayarlo indefinidamente.

Y ahora la familia Areces agrupados como accionistas en Ceslar rechaza la entrada en el capital, entre un 12% a un 15%, de los árabes liderados por un jeque de muchos millones en un préstamo a tres años convertible en acciones. Ceslar dice que el precio de venta es muy bajo, que no les han ofrecido el obligatorio derecho de tanteo y acaso unas migajas previas de información sobre la operación, que los intereses de la misma están muy por encima del mercado y que no es más que una maniobra para arrinconar y despojar de valor su presencia familiar en la compañía.

Mientras Manuel Pizarro, el perdedor profesional, ex de Endesa y del PP, eterno ministrable frustrado, sigue agazapado en el Consejo de Administración a verlas venir. Le nombró el fallecido Isidoro para que sirviera de cataplasma y equilibrar las facciones. Ahora no sabe qué hacer. Probablemente perder antes de escabullirse con poco ruido como siempre, pero llevándose un buen pellizco, como siempre.