lunes, 8 de diciembre de 2014

Altaïr la analógica estrella errante

Del tienducho del Raval a servir cafés en el glamuroso local de Gran Vía

Si la crisis económica unida a las nuevas tecnologías ha arrasado con las librerías, las de viajes se han visto en una doble encrucijada. No hay quien mejor gestione una base de datos, -una guía no es más que eso, mejor o peor comentada-, que los bits, ya sean en tablet, smartphones o gadgets similares. Por no hablar de lo anticuados que Google Maps ha dejado a mapas y planos, solo atractivos para "mapaferits" como el que esto firma. Por no seguir hablando del mundo del periodismo, particularmente el de las publicaciones periódicas, que han llegado casi a desaparecer.

A Altaïr le ha llovido por todos los flancos. Desde la pequeña tienda del Raval, -lugar de peregrinación de hippies setenteros camino del Magic Bus y de viajeros ilustrados con ansias de conocer el mundo, y a ser posible transformarlo un poco a la vez que dejándonos transformar un mucho por él-, al flamante local de Gran Vía de les Corts Catalanes,  de 1200 metros cuadrados en propiedad, que competía bien con la meca de los viajes, Stanford de Londres, habiendo pasado previamente por la calle Balmes y fundado una exitosa agencia de viajes, Orixá que dio tanto dinero y también tantos disgustos. 

Por el camino habían fundado una distribuidora de libros, dueña en exclusiva del filón de distribuir Lonely Planet en versión original, y quedarse la mayor parte de los ejemplares para su librería y dejar al resto con apenas unas migajas de los títulos más demandados, India, Indonesia, South East Asia on a Shoestring...

También habían fundado una revista del mismo nombre al calor de diversas casas editoriales, Oasis, RBA, -donde se produjo el choque de trenes con la histórica del sector, Ana Puértolas-, y finalmente Grupo 62, para acabar chocando con la pared de la pura realidad: Internet, un medio que nunca gustó a la pareja fundadora ni para publicar ni para vender, Albert Padrol y Pep Bernades, versión intelectualizada y culé del policía bueno y policía malo para sus clientes corporativos y proveedores.

Hoy, ya separados tras años de disputas soterradas y no tanto, y con la falsa "jubilación" de Albert Padrol por la puerta trasera, se impone la realidad: las librerías se convierten en cafés, tiendas de vinos o baretos más o menos ilustrados o disimulados, con la intención además en este caso de convertirse en restaurante étnico, y las revistas se pasan  al medio digital. Aunque siguen enrrabietados con su killer y lo aceptan a regañadientes. Por ejemplo, no permitiendo comprar números sueltos de su flamante revista, que sólo se venderá a 60 euros al año sí o sí, y por exclusiva suscripción.

En el camino cerró la librería de Madrid, que nunca funcionó como ellos esperaron, agazapada en un local equivocado y con los eternos problemas de relación que la pareja levantaba a su alrededor, esta vez con su socia madrileña. Hoy alberga los pecios del fondo original más obsoleto junto con los libros apolillados de su nuevo inquilino, el desconocido bucanero del libro de saldo Top Books.

Esperemos que el café no sea virtual, sino arábica, a ser posible mexicano, en su lujoso local barcelonés y que sus nuevos accionistas miren por fin de frente a la realidad que se impone: viajeros de plástico poco o nada ilustrados, con gadgets de aleación de aluminio en el mejor de los casos, que realizan su viaje más caro el día que se casan y el más divertido el día en que ya divorciados, se jubilan.